Dedicado a María, http://temiromemiras.wordpress.com/ Por su amabilidad al invitarme a escribir este cuento. Para ella, especialmente.
Era un lugar extraño. Allí nada existía sin un «doble». Era un lugar muy primitivo. Dicen que este lugar se llamaba Tierra. Sus habitantes se alimentaban de sus propias sombras. Como podéis imaginar en este lugar, siempre lucía el sol. La sombra, además de alimento, era la casa y el vestido. Sus habitantes vivían deambulando. El agua no era ni dulce ni salada y cada sombra tenía su propio lago y nadie dependía del otro. Un día, un niño y una niña, salieron de su sombra a jugar con las luces extrañas. Y entre juego y juego, encontraron una cajita llena de granos dorados, se los repartieron y regresaron cada uno a su sombra. Durante días, contemplaron su hallazgo, sus formas, su color, su tacto. El niño guardó los granos en su lago particular, quería saber si cambiarían de color. La niña los frotaba con un trozo de sombra y con su saliva para que brillaran más. Así volvieron a salir a jugar llevando consigo los granos encontrados. Los demás niños quisieron también tener esos granos y al querer apropiarse de ellos, todos se esparcieron por la tierra. Los granos se hicieron independientes, se escondieron y germinaron bajo las lágrimas de todos los niños que habían perdido aquel valioso regalo. Los granos empezaron a germinar y crecieron y se multiplicaron y así nacieron trigales, árboles, flores, hierbas, bosques, jardines… Todos los habitantes salieron de sus sombras para ver tal prodigio y hasta el sol lloró emocionado. Aparecieron las nubes en el cielo. Cuando esto ocurrió, todas las sombras desaparecieron y empezó a llover y, dicen, que entre el sol y la lluvia, hubo grandes amores. Y fue así, como nació el Paraíso.
©Julie Sopetrán







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