Cubierta de musgo, la piedra entre las ruinas
soporta los azotes del viento
me siento junto a ella, la miro, no hay yeso en su piel
tampoco es una piedra rodada ni un guijarro,
inamovible, sonriente, eterna
me atrevo a preguntar si tiene madre
si todavía existe su cantera o la enterró el paisaje de los siglos
¿qué manos la pusieron en el arco toscano
qué desazones pétreas limaron su linaje
por qué está sola y sangra entre los musgos su cara sin fisuras?
Y le pregunto cuántos años tiene
cuánto ha sufrido y por qué sonríe
me responde su silencio monástico
y yo sé que está viva y que ha sido mampuesta
por el que ya está muerto…
Y la miro y me mira
y me gusta crear historias nuevas
sobre su duro cuerpo, cuentos de jade o jaspe
de musgo y plasma y rocas
y le pregunto por qué llora si no llueve
y le cuento historias grises como de piedras pómez en espumas de lavas
y me escucha, me escucha y no responde
su altar es el misterio
la imagino altiva, siglos atrás, a la escucha del canto gregoriano
recubierta de odas medievales y las canciones monódicas de los trovadores
en este cenobio en ruinas, armazón de un pasado dormido en el instante,
me voy y no se mueve
y vive, disfrazada con terciopelos nuevos, entre un polvo de tierra que la ama,
guarda en su corazón la inscripción enigmática del tiempo
del oro, del imán, de los metales símbolos de alquimias…
…todo pasa por ella, los átomos, los granizos, la humedad de la noche,
estática es eterna
y le cuento cosas y ella sabe que un día no sabrá de mi
y ella seguirá ahí
para saber qué pasa.
©Julie Sopetrán

















