Yo caminaba como todas las mañanas por la cañada junto a la chopera
Ella, la abubilla, asustada levantaba su vuelo sin mostrarme su coquetería
Ellos, los obreros del campo, fumaban un pitillo desenfadados
Ello, el monstruo, comía tierra con su ancha cuchara y luego vomitaba en los bordes
Nosotros somos parte del medio ambiente. El cielo estaba claro y no había tormenta
En la loma, la diosa encina acompañada de Júpiter ostentaba su elegancia.
El dios fresno. Atis en su abeto. Osiris en el cedro. Apolo en el laurel
Cada uno compartía el significado de estar juntos
en el diminuto paisaje de mis dos o tres kilómetros de caminar diario
En el paseo, la inmortalidad del árbol que da vida, nos acompañaba armoniosamente
Eran los ejes que abanicaban nuestros pasos
La escalera por donde escalaban los sueños…
Mi padre, cuando yo era niña, me enseñó a amar el chopo
los plantaba en lugares húmedos, cerca de los regueros
Choperas para cortar el viento, para recoger setas, para sentir la brisa
en el tambaleo de sus hojas triangulares, a veces círculos, en movimiento de colores
Al hombre, desde su monotonía mecánica
no se le ocurrió otra cosa que levantar el brazo de la excavadora
y con el «cazo» en movimiento, empujó al chopo más alto y más sano a su alcance
dejándolo caer muerto a la tierra…
No podía creerlo y estaba pasando «ahora» ante mis ojos
El chopo no era suyo, estaba en la cañada, lindaba con su nueva zanja
Escuché un grito atroz. Quise morir con él. Quise esconderme de vergüenza ajena
Quise abrazarlo. Quise matar al hombre insensible a la vida, al amor, a la tierra…
Tú, que retenías el agua de la lluvia y jugabas al escondite con la niebla
Tú, que dabas generoso tu sombra estilizada y humedecías mi aliento
y transpirabas un vapor divino
Tú que le dabas oxígeno a tu propio asesino y retenías en tus hojas el polvo envenenado
Tú que no te quejabas de nada cuando la lluvia ácida penetraba tus poros
Tú que abrazabas el silencio de mis estepas
Tú, tú que refugiabas a los pájaros
y le dabas forma a mi sonrisa, cuando abanicabas con tus hojas caducas mi llanto…
Tú que habías crecido treinta metros, símbolo y estética de la más pura belleza
Tú que teñías mis paisajes de amarillo en otoño
Tu madera homogénea , tu fruto lampiño, de ti sale el papel donde escribo
Y vivías en la cañada, libre, cortando el viento a los sembrados de quien te mató
Tú que soportabas el frío y entre tus hojas reforzabas los laberintos
Ahora te veo en el suelo, muerto, tirado en la impotencia, desarraigado
sin nadie que te lleve a un cementerio cósmico. Porque tú pertenecías a los dioses
Regresé a casa triste. Sin ánimo. Volví a la mañana siguiente cuando no había nadie
Me abracé a ti llorando. El sol permaneció escondido entre oscuras nubes
No. No fue la tormenta quien te destruyó…
Ya nada será azul este verano. El sol lo sabe: la tormenta es del hombre
Tú, mi amado chopo, en los ojos, en la cámara, quedarás como «realidad absoluta»
siempre vivo, en mi denuncia.
©Julie Sopetrán



















