La palabra destila su hermosura:
aceite de olivar añejo y puro,
viveza de la luz moliendo verbos
o voz vocabulario de las cosas
que tienen nombre propio y son valores:
virtud, verdad que avala la tristeza,
vigor de oliva al viento que subsiste
valentía del fruto en alborada,
piel o vaina de acero en el silencio
vestidura del alma, vicio, duda,
victoria, vida, vidrio que refleja
el vientre, el vino, la emocion de la tarde
o ese sonido dulce que acaricia
el terciopelo de los tulipanes:
fonética amorosa en sentimiento
que en revuelo de luces dice, canta,
pronuncia, vocifera, alivia, cura
una palabra sola, siempre verde:
envero a la sazón de lo celeste.
Una palabra digo, la más dulce,
la más virgen, la más sabrosa y táctil
la que nunca envejece, la que aviva,
la que alumbra las cumbres y los valles,
las sombras y las noches y los mares.
La palabra que encera los espacios
y es candela de ricos y de pobres
y es ventana de azules y de tierras
cerradura de sueños y enrejado
de flores, como suspiros cultivados…
Una palabra digo, que es el Arte,
el Norte, el Sur, la dicha, lo presente,
la confluencia, el centro, lo cercano,
la grandeza, la anchura, los perfiles,
las pirámides, el compás, la brújula,
las espigas, los surcos, los renglones,
el camino, los puentes, la belleza…
Palabra que es artesa, odre y estuche:
la medida, la intensidad, lo exacto.
Es la palabra que nos salva siempre
bondad, caricia, alabanza, ingenio
libertad, entereza, buen consejo.
La persuasión sagrada que convence,
la esclavitud divina en lo rebelde,
la concordia, el gobierno, la presencia,
el inocente beso en la conducta,
la expiación que aviva la cordura,
el honor, la entereza, la nostalgia,
el respeto, la costumbre, la sabia
mansedumbre de un abrazo sentido
o el intento marcado de ser bueno.
Partitura del alba en poesía
razón de ser y estar: equivalencia,
palabra hecha de sones para el canto
es la miel y el emjambre: la pureza
el vocablo sublime de la aurora…
Nuestra primera y última palabra
la que lo sabe todo desde siempre.
Es el grial que eleva la andadura
y arde en volcán de abismos y fragancias
quemando el dulce sueño de la vida.
Esa palabra es: ¡Madre!
Julie Sopetrán
(De mi libro: Madre América)
A mi madre. A quien le gustaba
viajar y nunca, apenas nunca,
salió del amplio itinerario de su casa.