
Un lazo umbilical me trae hasta la tierra
me arroja sobre un cuarto oscuro, sin ventana
y me deja llorando entre la mies
recién cortada del verano
Atados a mi pelo, dos cintas color rosa, ríen infancia
Y así suceden ataderos, lazadas, ceñimientos
cordones, correas, broches, botones que se pierden
en los juegos y los encajes de bolillos para los adornos
que nunca me gustaron
Ligada a las costumbres de los pequeños pueblos
entrelazo mis dedos a los hilos del campo
y descubro en el monte los aullidos del lobo
Cadena de silencios entre urdimbre de voces:
la golondrina, el gallo, los mirlos, las urracas
y este silencio antiguo
empedrado en las calles…
Me envuelven las palabras que se pierden
entro en el laberinto
devanando el ovillo de Ariadne
Teseo me ayuda a ser libre
y una vez muerto el minotauro
-que habita en los encuadres de la aldea-
siento la fuerza interna de los vuelos
como un «hilo de oro» sobre sedas
y terciopelos de trigos recién nacidos
Y así conozco a Rimbaud, por poner un ejemplo
a Blake, a Bach, a Schuber
conexión interior con la belleza que me salva
del látigo
Sin cordones heráldicos, rompo las ligaduras
y deshago los nudos y quiebro las cadenas
y dejo libres las piedras, sin enredaderas
en todas mis fachadas
Me ciño al ahora del tiempo encadenado
y sujeta a los cambios
conecto con la esencia que empalma las vivencias
y precinto silencios
en esta cuerda de las debilidades.
Ya he roto la materia, soy el beso
mis dedos sin anillos, escriben tu nombre en el agua
y me deslizo en el aliento de tu boca… Amor
como en «hilo de plata» hecho con oro
en libertad de verso.
©Julie Sopetrán

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