
Lo vi aquel día, lejos
relinchaba sueños en la imaginación
con el más noble aspecto
Me traía en su cuerno palabras de otros mundos
su mirada era de ojos azules
donde brillaban las estrellas
y en su cuerpo, tan blanco, la nieve era perpetua.
Nieve, cual terciopelo de flor inmaculada
florecida en la dermis de eternas primaveras
Sublime el beso del aire en su mirada
Cabeceaba flores que caían al agua del arroyo
derramaba la vista por el césped
y sonreía mostrando su buena embocadura
Desbocaba sus gestos y me hablaba de ti, bajo los árboles
Lo vi trotar por el camino
sentar el paso, galopar con lentitud su porte
de elegancia y presteza
Su piel era tan blanca… y roja y negra y amarilla y azul
Un toque de campanas
parecía su voz, que reflejaba esa música dulce
que aún me emborracha los sentidos
Manantial de expresiones indescifrables
en vocabulario de jardines ocultos
Me enamoré de sus movimientos
cabalgaba en mi sangre su belleza…
Tenía un parecido con el viento o como esa espuma
de mar en la tormenta
que se vuelve fuego moviendo sus lenguas en mi cuerpo
Lenguas como pabilos de velas en llamas de noches relajadas
donde la luz se expande entre las sombras
y quedan las herraduras en el suelo…
Su primor vencía al sueño real, imaginario
Pez espada o paloma
o el deseo salvaje
del hombre
en campos de amor vírgenes…
Veloz, ambivalente, universal, extraño
divino, humano, inmaterial, utópico
dulce, secreto
escurridizo, mágico…
Él era el Unicornio:
mi Caballo.
©Julie Sopetrán

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