
Le pido a Dios permiso para soñar contigo
y me invento palabras para llegar al cielo;
bebe el aire este vaho de voz y atrevimiento
que es sentir en mis labios la humedad de tu boca.
Todo trasciende en caos y ardor de poesía
el alma se me esconde por las nubes del verso;
y la lluvia es el fuego donde se expresa el alma
cual llama que nos funde más allá del abismo.
En mi súplica siento las alas de un querube
en perfume de vuelos. Efluvio de jardines
donde conjuga el verbo su modo más excelso:
tiempo, manera, estilo, de habitar en tu sombra.
Los espacios vacíos dejan a la intemperie
la pasión, el anhelo, los suspiros del sueño;
brisa de media noche la palabra inventada
o desnudez de besos bajo la media luna.
Porque son los querubes guardianes de la incógnita
que reservan el llanto para las nubes secas
que pasarán, más, luego, tal vez, pronto, por tanto
cuando al final del sueño se fundan nuestras almas.
Dios vendrá a recogernos, al fondo, en la reserva
de las nuevas palabras, donde nos refugiamos;
allí entre las caricias de un subjuntivo en duda
que reafirma en verso, nuestra lengua romance.
©Julie Sopetrán

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