a transigir con paciencia;
la sombra de mi conciencia
reviste lo que prodiga.
Es un dolor que mendiga
y una fiera que protesta,
es la entereza que apuesta
a convivir resignada,
conformidad obligada
por la mansedumbre impuesta.

Sonrisa y llanto de la rosa viva
adorna los peldaños de mi puerta
cual si fuera capricho de una diva.
Su aroma es la embriaguez que desconcierta
la huelo en el asombro que cautiva:
cuando voy a cortarla, ya está muerta.
Julie Sopetrán